María Victoria Martínez-Echevarría García de Dueñas, conocida en el mundo del arte como Matoya, tiene una trayectoria vital que escapa a los convencionalismos. Estudiar Derecho y dedicarse durante un tiempo al periodismo económico no parecían el camino más directo hacia su verdadera pasión de siempre: la estética y el trabajo manual.
Con el deseo de «no balconear la vida, sino protagonizarla», exploró su inquietud creativa montando su propio gabinete de comunicación y lanzando una firma de moda con su nombre. Pero, a pesar del éxito, su fuerza interior seguía buscando su cauce.
El punto de inflexión llegó con el nacimiento de su hija Victoria: una experiencia tan extrema que las llevó a ambas al borde de la muerte. De aquel límite, Matoya volvió con una firme determinación: dedicarse por completo a lo que de verdad importaba, su familia. Y fue precisamente en esa aparente renuncia donde encontró, por fin, el tiempo y el sosiego para volcar en los pinceles todo lo que llevaba dentro, sin guardarse nada.
Azules, verdes, blancos, grises, piedras.
Una espátula, algunas veces sus manos y otras incluso el fuego.
María Victoria Martínez-Echevarría García de Dueñas, conocida en el mundo del arte como Matoya, tiene una trayectoria vital que escapa a los convencionalismos. Estudiar Derecho y dedicarse durante un tiempo al periodismo económico no parecían el camino más directo hacia su verdadera pasión de siempre: la estética y el trabajo manual.
Con el deseo de «no balconear la vida, sino protagonizarla», exploró su inquietud creativa montando su propio gabinete de comunicación y lanzando una firma de moda con su nombre. Pero, a pesar del éxito, su fuerza interior seguía buscando su cauce.
El punto de inflexión llegó con el nacimiento de su hija Victoria: una experiencia tan extrema que las llevó a ambas al borde de la muerte. De aquel límite, Matoya volvió con una firme determinación: dedicarse por completo a lo que de verdad importaba, su familia. Y fue precisamente en esa aparente renuncia donde encontró, por fin, el tiempo y el sosiego para volcar en los pinceles todo lo que llevaba dentro, sin guardarse nada.
















Su obra nace de la gratitud. Sus primeros cuadros fueron regalos o donaciones a causas benéficas. Pero la fuerza de su pintura era innegable, y las preguntas insistentes por el precio de sus cuadros pronto abrieron la puerta a dedicarse a ella de forma profesional.
Fiel a sus valores, cuando los expertos le sugirieron un precio de mercado, decidió rebajarlo a la mitad. Eran los peores años de la crisis, y ella se definía con humildad como «aprendiz de artista y madre por vocación». Su impacto fue meteórico: desde 2010 ha presentado al menos una exposición al año, vendiendo toda o casi toda su obra en cada una.
Aun superada la crisis, sus precios siguen siendo accesibles. Su intención nunca ha sido ganar dinero porque sí, sino colgar su visión de la vida en el mayor número posible de paredes. Para ella, la mayor recompensa es la felicidad de quien se lleva un cuadro a casa.
Matoya pinta para un público exigente que solo pide autenticidad: un espectador que no perdona a quien pinta con un ojo en el lienzo y el otro en las modas del mercado. A su formación autodidacta e instintiva sumó los estudios en el prestigioso Taller del Prado.
Su estilo es inconfundible: se niega a pintar lo que ya pintaron otros, o a hacerlo como ellos. ¿Para qué calcar la realidad si puede reinterpretarse a partir de lo figurativo? El resultado es un «arte abstracto muy concreto». En sus cuadros de gran formato aparecen el Golden Gate, la Ópera de Sídney, las murallas de Jerusalén, un puente romano o la playa de Sancti Petri.
Pero su verdadero magnetismo está en lo que no se ve y, sin embargo, se siente si se aguza el oído: la música callada del toreo en La Maestranza, una ópera rock en Sídney, unas pisadas descalzas en la arena. Sus obras guardan recuerdos íntimos: un padre jinete, las puertas siempre abiertas del colegio de los niños, un paseo por la Highway One entre nubes y acantilados, las tardes felices en casa.